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Hace un mes la vi salir por esa puerta. Ambos sabíamos que no volvería ella a entrar por allí, pero certeza teníamos que nos fundiríamos en un abrazo en breve.
Los dedos se entrelazaron y sintieron la humedad de la tristeza flotar en el aire; humedad que no pudo ser calmada siquiera con la esperanza del reencuentro cercano y el compromiso de amor eterno.
Un mes ha transcurrido y, debo confesarlo, la distancia no es una compañera en la cual podamos cobijarnos pues es un frío abrigo que nos congela, mas la lucha diaria y el cariño presente hace que a cada paso seamos vencedores.
Duerme ella mientras yo escribo estas líneas y la pienso en la cama, sin mí aun. Duermo yo mientras ella se levanta sin mi beso en la frente. Pero reposamos los dos en un instante del día en el hombro de nuestro otro ser.
No es fácil. Ambos lo sabemos. Ambos lo sabíamos. No será fácil, y eso también lo sabemos. Pero en nuestro conocimiento también habita la convicción de que somos lo mejor que nos pudo pasar, que las lágrimas valen la pena, que la lucha diaria tienen una recompensa inconmensurable, que el océano estrecho será en poco tiempo más y que, por sobre todo, nos amamos y no hay tiempo ni distancia capaz de agotar tal energía.

2 comentarios:

Borja dijo...

....me he emocionado....

Miriam dijo...

Eres un poeta en prosa, Arol :-P